Anónimo Anónimo

La flor de la riqueza

sábado, 03 de mayo del 2008

No es pobre el que nada tiene. Es pobre el que no se contenta con nada, aquél  a quién nada le satisface.

El que nada tiene, con poco que reciba se sentirá rico. Y es que el hecho de no tener, le ha enseñado a sufrir en silencio, a aceptar, a valorar lo poco que puede conseguir, a disfrutarlo, a compartirlo con los demás y a agradecer todo aquello que recibe.

Y por estas razones el pobre es rico por sí mismo, porque haber aprendido a sufrir, a aceptar, a valorar, a disfrutar, a compartir y a agradecer, le ha enseñado en definitiva a amar.

El verdadero amor acepta, valora, disfruta, comparte, en ocasiones sufre en silencio y siempre agradece.

Y que difícil es que el rico acepte, valore, disfrute, comparta, sufra en silencio y agradezca, puesto que éstas son cualidades que nada tienen que ver con la riqueza material.

Al contrario, cuánto más se tiene, uno más se aleja de estar conforme con lo conseguido ya que nunca le parece suficiente (no acepta); más se aleja por tanto de darle valor a lo que va acumulando con facilidad (no valora); más se aleja de saber disfrutarlo porque a todo le encuentra pega (no disfruta); más se aleja de compartirlo con los demás porque todo es suyo, a veces incluso lo que aún no ha conseguido (no comparte); sufre por lo que aún no tiene y además no lo hace en silencio porque suele quejarse constantemente y sin motivo (no sufre en silencio); y jamás agradece nada, porque se atribuye todos lo méritos aún cuando no sean suyos, como tan a menudo sucede (no agradece).

Estaremos pues de acuerdo en que la riqueza material en nada ayuda a acercarnos a los demás para amarlos tal y como son, desnudos de bienes, posición social y dinero.

Supongo que también podemos estar de acuerdo en decir que para amar hay que hacerlo de igual a igual, puesto que todos somos seres humanos y por tanto iguales en esencia. Pero que difícil es que el rico considere su igual al pobre, y más aún que lo trate como tal.

Aunque evidentemente hay excepciones, la realidad cotidiana refleja que el que se siente poderoso y por tanto por encima de otro tiende a dominarlo, y eso por desgracia también sucede en el amor.

Y por todas estas razones, me han venido a la memoria aquellas curiosas y gráficas palabras de Jesús, recogidas en el Evangelio de San Mateo, quién al referirse a la riqueza material dijo: "Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos".

Con independencia de la religión que profese cada uno, e incluso de que podamos estar alejados de su práctica, parece claro que el dinero en exceso no es precisamente una ayuda para aprender a sufrir, a aceptar, a valorar, a saber disfrutar, a compartir y a agradecer.

Y es por eso por lo quiero dejar constancia de mi reconocimiento para aquellos ricos que han hecho pasar el camello por el ojo de una aguja. Que su ejemplo ayude a cambiar el mundo.

Ellos nos han demostrado que, con sensibilidad y amor por los demás, la riqueza material puede ser de gran ayuda si está en manos de un ser humano que a pesar sus riquezas, sabe que la mayor utilidad del dinero es la de proporcionar felicidad al que le falta.

No soy feliz porque puedo comprar lo que quiero. Soy feliz cuando lo entrego a los demás porque en ese compartir descansa el amor del  que entrega y del que recibe. Y en ese momento, no hay rico ni pobre, puesto que somos uno.

Mientras que la riqueza espiritual vive en el interior del ser humano, la riqueza material es exterior a él, y por tanto no le pertenece.

Uno es quién es pero no es el dinero que tiene. El que confunde esto se ha puesto en manos y al servicio del dinero. Es éste quién maneja su vida y condiciona todas sus decisiones. Cuanto más acumula más infeliz es en su interior y a pesar de ello no puede evitar continuar acumulándolo.

La flor de la riqueza está en uno mismo y nada tiene que ver con el dinero.

 Nadie puede comprar lo que no es.

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La libertad del aprendiz

lunes, 21 de abril del 2008

El ser humano es en esencia LIBERTAD.

El hecho de estar dotado de conciencia le permite alcanzar un conocimiento profundo de sí mismo, más allá de sus actos y de las consecuencias de los mismos.

Porque tenemos conciencia es por lo que tenemos el privilegio de gozar de la capacidad de elegir, regalo de una magnitud incomparable del que tan sólo el hombre y la mujer disfrutan, y que en mi opinión constituye todo un universo para aprovechar y disfrutar.

Pero la capacidad de elegir implica tener que decidir, lo cual nos recuerda que somos responsables de nuestros actos. Y es justo ahí dónde nos entra el peso, la carga de tener que decidir.

Hemos asociado el hecho de decidir con la culpa. Si el resultado de lo que decido es bueno yo lo soy, y si es malo yo no sirvo; así que mejor no decido, y no cargo con la culpa.

De esta forma, no decido, y porque no decido no actúo. Así si la cosa no funciona, si va mal, puedo quejarme y lamentarme, sin querer aceptar que he escogido voluntariamente el lugar de la "víctima". Es curioso, creía que no había decidido nada y he tomado una elección: ser una víctima. Y ya sabemos que una víctima sólo atrae a su vida cosas de las que pueda lamentarse para continuar manteniéndose en el lugar que ella misma ha escogido.

Es curioso, decido no decidir para evitarme la culpa de sentir que fracaso cuando sólo me equivoco, pero al convertirme en víctima me regalo el sufrimiento que había asociado a la culpa.

Pero, ¿dónde está escrito que todo tenga que salir bien en el primer intento? ¿qué me pasa a mi que no me permito equivocarme? ¿no es el error una buena forma de aprender? ¿qué culpa hay en este proceso?

Entonces, ¿para qué no tomar el mando de mi vida? ¿para qué no decidir?

Eres perfectamente capaz de decidir. Basta con qué te preguntes qué es lo que quieres y te permitas escuchar tu auténtica respuesta.

 Nada que sea auténtico tiene que ver con la culpa. Así que tendrás que despedirte de ella porque ya no la necesitas.

Eres tú quién aciertas o te equivocas, pero también eres tú el que puede decidir aprender de tus errores para transformarlos, haciendo uso del maravilloso libre albedrío que vive en ti esperando que le dejes actuar.

Y te aseguro una cosa, cuando tú decides todo empieza a cambiar porque al actuar haces que suceda aquello que sientes que ha de suceder.

Cuando decidimos enviamos la señal de nuestra intención al Universo, y si actuamos en consecuencia y coherencia con nuestra decisión, llenamos el espacio de nuestra propia posibilidad de que suceda aquello que queremos que sea.

Más allá, sólo nos queda confiar en la vida, que es la mejor maestra. Si lo que deseamos es para nosotros sucederá, y en caso contrario la vida nos regalará una lección que aprender.

Y sólo puede aprender aquél que se permite cuestionarse lo que sabe o creía saber; aquél que se permite equivocarse. 

Disfruta de la libertad de quién se declara un eterno aprendiz.

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¿Cuál es tu elección?

sábado, 29 de marzo del 2008

 

Desde nuestra infancia se nos ha enseñado que cuando deseamos algo tenemos que ir a por ello, sin dudar y con perseverancia.

Cuando queremos conseguir algo tenemos que hacer lo posible y lo imposible por conseguirlo. Quién no ha escuchado estas palabras de su padre, de su madre, de su maestro o de cualquier otra persona que quería ayudarnos a alcanzar un determinado objetivo.

En apariencia, el mensaje no contiene nada negativo en sí mismo. Al fin y al cabo, su contenido trata de estimularnos para que demos lo mejor de nosotros mismos a fin de alcanzar aquello que realmente deseamos, bien sea un objetivo o meta concreto, o bien sea la consecución de nuestros sueños.

Por tanto, hacer lo posible y lo imposible, tendría que ver con dar lo mejor de nosotros mismos, perseverando en la dirección que hemos decidido seguir, andando el camino para obtener aquello que noblemente deseamos.

Desgraciadamente la realidad es otra. En nuestra sociedad, hacer lo imposible por conseguir un resultado resulta equivalente a la aseveración de Maquiavelo, que nos recuerda que "el fin justifica los medios", la cual ha encontrado gran acomodo en nuestros días.

Efectivamente, para muchos lo único importante es conseguir el resultado, a toda costa y sin importar los medios.

Pero incluso aquellos otros que no están dispuestos a atentar contra sí mismos para conseguir sus resultados, no pueden escapar en muchos casos de la enorme focalización que vive el mundo de hoy respecto del resultado, lo que comporta su obsesión por conseguirlo con prisa.

En una sociedad que tiende a valorar tan solo el resultado, hay muy pocas personas que son capaces de disfrutar del camino para lograrlo.

Hemos olvidado que hay que andar el camino paso a paso para llegar al destino, preocupados como estamos de mirar tan solo hacia los lados y preparar los codos por si alguien nos adelanta en la carrera.

De hecho, estamos tan obsesionados por ganar que tan solo corremos sin saber siquiera cuál es la razón de nuestra prisa. A veces incluso, ni siquiera sabemos hacia dónde corremos en realidad.

Es tal la obsesión por obtener el resultado final que el mismo miedo a no conseguirlo nos aleja de ello.

Entonces, ¿por qué correr si ni siquiera sé adónde me dirijo? ¿para qué utilizar unos medios que atentan contra lo más esencial de mi mismo?

En realidad, la alegría de obtener un determinado resultado termina en cuanto éste se ha conseguido mientras que es en la fidelidad a nosotros mismos dónde descansa la felicidad que un resultado no puede conseguir.

Sabemos que la felicidad no se puede alcanzar con prisas y mucho menos dándonos la espalda a nosotros mismos, pero no hacemos otra cosa que correr como si quisiéramos huir, quizá porque pocas veces nos sentimos orgullosos de nuestros actos.

Tal es la prisa, que intentamos llegar al destino sin andar el camino, cogiendo atajos para llegar allí antes que nadie.

Pero olvidamos que el verdadero aprendizaje, lejos de encontrarse en los atajos, vive únicamente en el camino.

Tan solo el camino  puede concedernos aquellas dosis de sabiduría que nos regala la experiencia vivida, cuando nos atrevemos a caminarlo paso a paso, aceptando que tanto los días de sol como los de lluvia son igualmente necesarios para que lleguemos a nuestro destino enriquecidos por todo aquello que nos habrá regalado el camino.

En mi opinión, atajo y camino son incompatibles.

Mientras seamos atajo, jamás seremos camino.

Entonces, ¿cuál es tu elección?

 

 

 

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¿Quién eres tú para ti?

miércoles, 19 de marzo del 2008

 

La pregunta es: ¿Quién eres tú para ti?

Sí, lo has entendido. No te estoy preguntando, ¿quién eres tú para los demás?, sino ¿quién eres tú para ti mismo?

Supongo que si te pregunto acerca de ¿quién eres tú para los demás?, encontrarás con bastante facilidad una respuesta, sobre todo si concretamos aún más esta pregunta. Por ejemplo, si te preguntas ¿quién eres tú para tu pareja? ¿quién eres tú para cada uno de tus hijos? ¿quién eres tú para tu padre? ¿quién eres tú para tu madre? ¿quién eres tú para cada uno de tus hermanos? ¿quién eres tú para cada uno de tus amigos?; seguro que se te ocurre una respuesta para cada una de estas preguntas.

Pero, ¿tienes una respuesta a la pregunta de quién eres tú para ti?

Si no la tienes, pregúntate ¿por qué no la tengo? Probablemente estás viviendo hacia fuera mucho más que hacia adentro; es decir tu preocupación de vida, incluso del sentido de tu vida, está en manos de los demás y no en la tuya.

Entonces, ¿qué vida estás viviendo? ¿La tuya o la que los demás esperan de ti?

En este último caso, pregúntate acerca de ¿cuántas vidas estás viviendo? ¿Una para tu pareja; otra para tu padre y otra para tu madre; otra para tus hijos; otra para tus hermanos y otra para tus amigos? Estaremos de acuerdo en señalar que cada uno de ellos espera de ti algo distinto por lo que es evidente que tú no puedes contentarlos a todos, y por la misma razón, tampoco estás contentando a ninguno de ellos en particular.

Pero lo peor no es esto. Lo peor es que, al estar viviendo las vidas que los demás esperan de ti, la única vida que no vives es la tuya, y sin vivir la tuya no hay vida. Hay escenario, teatro, personajes, tipos de trama, escenas que no pueden ser auténticas y, al final se va el público y cuando te quedas sólo, finalizada tu actuación, no hay otra cosa que un gran vacío.

Es el vacío de tu alma que siempre está ahí, esperando que un día te acuerdes de ella para mostrarte tu auténtico poder.

Tu alma es tu esencia, es decir tu "auténtico yo". Es el único lugar en el que eres tú mismo, con absoluta independencia respecto de los demás, y curiosamente mientras por primera vez alcanzas esa independencia, experimentas también por primera vez tu unión con todo: no solo con todos los demás sino también con todo lo creado, con la naturaleza entera, porque la misma divinidad que está en tu alma se halla en todo lo que te rodea, y por eso te sientes uno con todo el Universo.

Entonces dime una cosa: ¿cuántas vidas y cuántos personajes representas a diario? ¿Cómo te sientes al finalizar cada una de tus actuaciones? ¿Quién eres?¿Eres ese esposo(a) o amante; o este otro? ¿Eres ese padre o madre; o este otro? ¿Eres es hijo(a) o este otro? ¿Eres ese hermano(a) o este otro? ¿Eres ese amigo(a) o este otro?

¿Te has parado a pensar en la energía que derrochas a diario en cada una de tus actuaciones? ¿Cómo crees que la canalizas si tras tanto esfuerzo nunca estás satisfecho? ¿Qué pasaría si fueras fiel a ti mismo? ¿Qué pasaría si estuvieras en tu propia esencia? ¿Crees que si fueras tú mismo gastarías tanta energía? ¿Cómo crees que la canalizarías y aprovecharías si consiguieras ser tú mismo?

Permíteme ponerte un ejemplo: pensemos en un atleta olímpico especialista en la distancia de 1.500 metros, con grandes posibilidades de medalla de oro. ¿Crees que ese atleta tendría alguna posibilidad de medalla si tuviera que competir en la final olímpica de 100 metros? ¿No estaríamos de acuerdo en pronosticar que en la final olímpica de 100 metros, ese atleta seguramente llegaría el último?

Es curioso. En este ejemplo todo consiste en correr para llegar a una meta pero aún contando para ello con uno de los mejores atletas del mundo sólo se obtendrá el mejor resultado si dicho atleta se alínea con su propia esencia. Es evidente que la esencia de ese atleta en concreto está en la carrera de media o larga distancia pero no en la de spring, por lo que no estar en su esencia le excluye de toda posibilidad y además le impide disfrutar de la carrera, que es lo más importante, porque sólo cuando disfrutamos podemos ganar.

Entonces, ¿qué tipo de atleta eres tú? ¿Cuál es tu esencia? ¿Qué te hace disfrutar? ¿Qué te pone? Si se tratara de un trabajo, ¿qué trabajo te gusta tanto que podrías hacerlo gratis?

¿Cuál es tu verdadera naturaleza? ¿Qué es lo que fluye en ti sin ninguna resistencia? ¿Qué te levantaría todas las mañanas con una enorme sonrisa?

Quizá todas estas preguntas te ayuden a contestarte la pregunta de ¿quién eres tú para ti?

Y te adelanto una cosa: cuando encuentres tu respuesta lo sabrás. Simplemente lo sabrás. Ya no habrá más dudas. Porque cuando estás en tu esencia eres tu propio director de orquesta dirigiendo toda la música que hay en ti, compuesta de todas las notas que componen el Universo; música que ha estado siempre dentro de ti, esperando tu batuta para ser tocada.

Tu música es tu esencia y siempre ha estado en tu interior provista de la más absoluta paciencia, consciente de que debe esperar a ser descubierta por ti para ser tocada. Ella está ahí para ti pero tienes que mirar hacia adentro para encontrarla.

Descubrir tu esencia no tiene límite de edad. Ocurre cuando ocurre y esa magia, sigue siendo magia, aunque lo consigas con ochenta años de edad.

Pero, ¿para qué esperar?

Hazte la pregunta de ¿quién eres tú para ti?, y esta vez escucha tu propia respuesta.

 

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Vivir es ser tú mismo

lunes, 03 de marzo del 2008

El que está quieto, perece.

La vida es constante movimiento.

Estar quieto es bajarse de la vida y el que se baja de la vida está muerto.

Estar muerto en vida es peor que haber vivido y estar muerto.

El muerto en vida ya no siente, tan solo se defiende.

Se defiende de los demás. Todos parecen querer atacar su territorio, así es como él lo percibe.

Está tan pendiente de los demás, que se ha olvidado de sí mismo y por eso su vida está muerta.

El muerto en vida ya no es, sólo tiene, sólo posee. Sin sus posesiones no es nadie porque al no ser, nada es.

Y por eso no se reconoce, no tiene identidad propia, y la presencia de alguien que es por sí mismo, es el espejo de su propia ausencia.

Entonces, ¿cómo podría un muerto en vida volver a estar vivo?

No engañándose, viéndose cómo está siendo, alguien que no es. Aceptar la dura realidad de que sin lo que posee no es nadie, no es nada.

Y preguntarse, ¿es que no hay nada en mi interior? ¿qué poseo dentro que estoy buscando fuera? Y tomar ánimo. Si me he permitido no ser nadie, es que puedo ser alguien. Desde el lugar en el que estoy -no ser nadie-, sólo puedo caminar hacia arriba, hacia ser alguien.

Entonces, ¿quién soy? Por fin una pregunta hacia adentro, una inquietud sobre mi identidad abre el camino de encontrar alguna respuesta.

Ya no miro hacia afuera, estoy mirando hacia adentro.

Mirar es tratar de ver pero ¿qué más me hace falta? Escuchar, escucharme a mí mismo, sentirme por primera vez, oír mi propia voz, escuchar mi corazón.

Eso que me pasa es sentir, ya no lo recordaba, estoy vivo, empiezo a escucharme y me doy cuenta de que no quiero ser alguien, de que lo que quiero es ser simplemente yo mismo.

 

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¿Qué es oro para tí?

sábado, 23 de febrero del 2008
Pregúntate que aprendizaje profundo te ha proporcionado el éxito, entendiendo como profundo aquel aprendizaje que te ha dejado huella, aquél que se ha instalado en algún lugar de tu alma.

Si buscas y no lo encuentras no te extrañes, porque los grandes aprendizajes viven en la dificultad, en aquellos senderos en los que dejaste de caminar porque no te proporcionaban la comodidad y confort que tú querías.

Cuando cuentas a tu alrededor con todos los ingredientes para conseguir el éxito, basta con saber manejarlos para llegar a la meta pero, ¿qué pasa cuando tienes que alcanzarla sin ellos? ¿qué ocurre si sólo puedes valerte de ti mismo?

Te diré lo que pienso. Sólo el que se atreve a confiar en sí mismo puede ir a por una meta que se juzga como inalcanzable, y sólo podrá hacerlo si de verdad cree en ella, si esa meta de una manera u otra forma parte de él, conectando con su parte más profunda.

Si tan solo te tienes a ti mismo, ¿te atreves a desafiar el juicio de todos los demás que ven en esa meta algo inalcanzable?

Comprobarás que para prescindir del juicio de los demás y aceptar tu propio desafío de ir a por lo que realmente quieres, tienes que prescindir de la palabra "fracaso" y de su sentido.

Sólo así podrás ver en cada dificultad, en cada piedra del camino, una oportunidad de aprendizaje para transformar y mejorar aquello que no está resultando como tú sabes que tendría que ser.

De esta forma, viendo en cada uno de tus errores una oportunidad de mejora, evitarás conectar con el sentimiento de fracaso que es el único que puede retirarte de tu camino, descubriendo el proceso de alquimia que vive en tu interior.

Y ya sabes, tu alquimia convierte los metales que te anclan en el camino en lo que tú decides que es oro para ti.

Entonces, tan solo tendrás que preguntarte, ¿qué es oro para ti?

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¿Quién fracasa?

miércoles, 13 de febrero del 2008

Vivimos en una sociedad que únicamente valora el éxito y confunde el error con el fracaso.

Lo que no es éxito es fracaso pero ¿qué hay del error? ¿es tan sólo una palabra hueca en el diccionario?

Es evidente que el error es distinto del fracaso. Basta con que cierres los ojos y trates de revivir en tu interior cómo te sientes cuando fracasas y lo compares con la sensación interior que te deja el haber cometido un simple error, para ver la diferencia.

El fracaso pesa, bloquea y muchas veces nos anula. Y es que, mientras el fracaso va al "Ser", el error va al "hacer".

Observa que cuando sientes que fracasas eres tú quién fracasa (y por tanto tu "Ser"), mientras que si cometes un error, sientes que ha fallado tu acción concreta (es decir, tu "hacer").

Dado que el fracaso lo siente nuestro Ser, es muy habitual que la consecuencia de sentir que hemos fracasado sea la de no volver a intentarlo. Y así nos retiramos, muchas veces al primer intento, de cualquier objetivo, incluso de nuestros mejores sueños.

Por el contrario, lo que vivimos como un error de nuestro hacer no nos retira, sino que nos permitimos revisarlo, hasta el punto de que podemos preguntarnos: ¿de qué otra forma podríamos conseguirlo?

Por tanto, ¿para qué no ver en el fracaso un simple error? ¿para qué no darme cuenta de que soy yo quién declaro algo como un fracaso?

El fracaso en sí mismo no existe. Lo que es fracaso para mí puede no serlo para ti y viceversa.

Por tanto, el fracaso vive en la declaración que yo hago de que algo que no he conseguido es un fracaso para mí. Pero, ¿qué sucedería si yo pudiera vivir en mi interior mis fracasos como errores y declararlos así?

Se abrirían nuevas posibilidades para mí. Allí dónde no había más opción que retirarse impotente, se abrirían nuevas puertas.

Podría ver en el error una magnífica oportunidad de aprendizaje. Podría preguntarme qué ha fallado en mi actuación y de qué otra forma podría realizarlo para conseguir el resultado que pretendo alcanzar.

No hay que olvidar que es el propio error el que contiene en sí mismo la información que nos permitirá acercarnos cada vez más a nuestro objetivo. Siendo así, para qué renunciar a él viéndolo como un fracaso que nos retira cuando es un paso más y por tanto un avance hacia aquello que queremos conseguir.

Entonces, si todo es un error, ¿quién fracasa?

Tan sólo fracasa quién no vuelve a intentar.

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La incertidumbre: un gran regalo

lunes, 14 de enero del 2008
Las personas tendemos a ver en la incertidumbre tan sólo algo negativo que muchas veces queremos evitar a toda costa.

53263-47075.jpg Cualquier cosa que rompa nuestra seguridad y que no podamos controlar nos pone en alerta, como si tuviéramos que enfrentarnos a un enemigo. Es una lucha absurda, que únicamente nos desgasta puesto que la incertidumbre forma parte del día a día de cualquier ser humano y es por tanto ineludible.

El futuro en sí mismo es pura incertidumbre y cada segundo que aún no hemos vivido puede llenarse de cualquier acontecimiento, esperado o inesperado. Es evidente, que por mucho que nos preocupemos frente a esa inseguridad que nos ronda, no vamos a solucionarla mejor.

La cuestión no es resistirse a la incertidumbre tratando de evitarla. Por el contrario, la clave está en aceptarla como un regalo de la vida que está lleno de potencialidad.

¿Para qué no ver en el futuro un espacio de potencialidad y por tanto de positividad?

En mi opinión, la incertidumbre es un universo de riqueza ya que contiene todas las posibilidades. Es un enorme vacío en el que cualquier cosa tiene cabida y puede suceder. Es la nada que lo contiene todo.

Cualquier cosa que decidamos hacer en nuestra vida, necesita de un espacio de posibilidades que le permita  existir en ese futuro que aún está por construir. Si no existiera incertidumbre, si todo lo que tuviera que suceder estuviera previsto y determinado, si todo ya estuviera construido, ¿qué espacio nos quedaría? ¿dónde viviría nuestra libertad de elegir?

Si queremos introducirnos en el futuro con un nuevo proyecto de vida (una nueva pareja; una nueva dedicación o meta profesional), ¿cómo podríamos hacerlo si no estuviera vacío ese espacio que nos espera?

¿Cómo llenaríamos y diseñaríamos nuestro futuro si éste ya estuviera escrito?

 Si así fuera, ¿cómo llenar un espacio que ya está lleno?

Si alquilamos o compramos una casa, necesitamos que ésta se halle vacía para poner nuestros muebles. Si estuviera llena de muebles, ¿cómo la llenaríamos de los nuestros?

Agradezcamos a la vida el regalo de la incertidumbre, porque eso nos permite entrar en cada segundo de nuestras vidas a un espacio libre que nos permite colocar los muebles que nosotros queremos.

Y más allá de eso, aceptemos que no tenemos el control y que si después de alinear y ejecutar nuestras acciones en la dirección deseada no se cumplen nuestros objetivos, la vida nos regalará una lección que aprender.

Además, siempre que se cierra una puerta hay otra que se abre.

No se puede vivir con miedo. Hay que andar el camino y confiar.

 

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