El escenario de la vida
Hay momentos de inquietud en los que parece que nada se asienta sobre nada, que falta algo que nos dé sustento, que nos ofrezca su música de cortesía, esa clase de música que acompaña a los huecos pasos que se hallan vacíos del movimiento de un baile que no asoma pues está escondido tras las cortinas del teatro que siempre le ha estado esperando.
Fugaces momentos esperan tras ellas deseosas de ver como el telón abre paso a la escena que invita a los actores a mostrar sus naturales dotes de un arte que no puede perseguirse pues es él quién busca a quiénes tienen que representarlo, bien sea dentro de un drama o de una comedia.
Y quién querría representar un papel que no es suyo, que no le pertenece, pues si es la obra la que convoca a los actores a la escena por qué razón habrían de morir en ella si al morir cesaría la función y el teatro dejaría de esperar a quién pereció sin acabarla.
Acaso no sería más lógico permanecer vivo mientras dura el drama o la comedia, para actuar en ella y contentar al público que ilusionado aguarda en sus butacas a que la propia obra les sorprenda para salir del tedio que el estar expectantes les proporciona, ignorantes de que sentados en sus propias butacas forman parte de la obra pues de hallarse ausentes, las butacas vacías mostrarían a los actores que están viviendo un ensayo.
Y la vida no es un ensayo sino tal vez una obra inacabada, pues quién la empieza no sabe que ya está en escena y cuando andando el tiempo se incorpora ya de pie en el escenario que un día recorrió de cuatro patas se reconoce como parte de la escena pues siempre estuvo actuando en ella.
Y siendo la esencia del teatro la representación ante el público de la mayor variedad de personajes que las propia vida ha visto representados no debería de sorprendernos el juego de máscaras y personajes que cada actor desarrolla en el escenario de la vida, con tanta entrega, con tanto ímpetu que a duras penas sabemos quién es el actor y quién el personaje pues la máscara tiende a adueñarse de quién la colocó sobre su rostro de manera que ya no recuerda la identidad que se esconde bajo la ilustre forma que la cubre.
Quizá por esta razón, dado el pleno desconocimiento que el propio actor tiene sobre sí mismo acostumbrado a perderse entre sus máscaras, sería aconsejable que en algún momento de la función el actor actuara en el uso de su propio rostro, sin máscara alguna, de manera que si en algún momento de la obra quizá por exigencia del propio guión, el actor tuviera que llevarse sus manos a su rostro cupiera la esperanza de que algún concreto rasgo de su auténtica cara pudiera recordarle quién fue antes de haberse perdido entre tantas personalidades carente de vida propia.
Y quién sabe si al recordar quién fue, le asaltará la pregunta de quién es ahora, de quién es en realidad, pues tal vez si la pregunta llega en un momento adecuado abrirá la inquietud de alguna respuesta.
Y hay inquietudes que al aguardar respuestas deciden no esperar más y escuchar el sonido que vive en su profundo silencio.
Y es que el silencio es música para quién sabe escuchar.
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