La flor de la riqueza
No es pobre el que nada tiene. Es pobre el que no se contenta con nada, aquél a quién nada le satisface.
El que nada tiene, con poco que reciba se sentirá rico. Y es que el hecho de no tener, le ha enseñado a sufrir en silencio, a aceptar, a valorar lo poco que puede conseguir, a disfrutarlo, a compartirlo con los demás y a agradecer todo aquello que recibe.
Y por estas razones el pobre es rico por sí mismo, porque haber aprendido a sufrir, a aceptar, a valorar, a disfrutar, a compartir y a agradecer, le ha enseñado en definitiva a amar.
El verdadero amor acepta, valora, disfruta, comparte, en ocasiones sufre en silencio y siempre agradece.
Y que difícil es que el rico acepte, valore, disfrute, comparta, sufra en silencio y agradezca, puesto que éstas son cualidades que nada tienen que ver con la riqueza material.
Al contrario, cuánto más se tiene, uno más se aleja de estar conforme con lo conseguido ya que nunca le parece suficiente (no acepta); más se aleja por tanto de darle valor a lo que va acumulando con facilidad (no valora); más se aleja de saber disfrutarlo porque a todo le encuentra pega (no disfruta); más se aleja de compartirlo con los demás porque todo es suyo, a veces incluso lo que aún no ha conseguido (no comparte); sufre por lo que aún no tiene y además no lo hace en silencio porque suele quejarse constantemente y sin motivo (no sufre en silencio); y jamás agradece nada, porque se atribuye todos lo méritos aún cuando no sean suyos, como tan a menudo sucede (no agradece).
Estaremos pues de acuerdo en que la riqueza material en nada ayuda a acercarnos a los demás para amarlos tal y como son, desnudos de bienes, posición social y dinero.
Supongo que también podemos estar de acuerdo en decir que para amar hay que hacerlo de igual a igual, puesto que todos somos seres humanos y por tanto iguales en esencia. Pero que difícil es que el rico considere su igual al pobre, y más aún que lo trate como tal.
Aunque evidentemente hay excepciones, la realidad cotidiana refleja que el que se siente poderoso y por tanto por encima de otro tiende a dominarlo, y eso por desgracia también sucede en el amor.
Y por todas estas razones, me han venido a la memoria aquellas curiosas y gráficas palabras de Jesús, recogidas en el Evangelio de San Mateo, quién al referirse a la riqueza material dijo: "Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos".
Con independencia de la religión que profese cada uno, e incluso de que podamos estar alejados de su práctica, parece claro que el dinero en exceso no es precisamente una ayuda para aprender a sufrir, a aceptar, a valorar, a saber disfrutar, a compartir y a agradecer.
Y es por eso por lo quiero dejar constancia de mi reconocimiento para aquellos ricos que han hecho pasar el camello por el ojo de una aguja. Que su ejemplo ayude a cambiar el mundo.
Ellos nos han demostrado que, con sensibilidad y amor por los demás, la riqueza material puede ser de gran ayuda si está en manos de un ser humano que a pesar sus riquezas, sabe que la mayor utilidad del dinero es la de proporcionar felicidad al que le falta.
No soy feliz porque puedo comprar lo que quiero. Soy feliz cuando lo entrego a los demás porque en ese compartir descansa el amor del que entrega y del que recibe. Y en ese momento, no hay rico ni pobre, puesto que somos uno.
Mientras que la riqueza espiritual vive en el interior del ser humano, la riqueza material es exterior a él, y por tanto no le pertenece.
Uno es quién es pero no es el dinero que tiene. El que confunde esto se ha puesto en manos y al servicio del dinero. Es éste quién maneja su vida y condiciona todas sus decisiones. Cuanto más acumula más infeliz es en su interior y a pesar de ello no puede evitar continuar acumulándolo.
La flor de la riqueza está en uno mismo y nada tiene que ver con el dinero.
Nadie puede comprar lo que no es.
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Cualquier cosa que rompa nuestra seguridad y que no podamos controlar nos pone en alerta, como si tuviéramos que enfrentarnos a un enemigo. Es una lucha absurda, que únicamente nos desgasta puesto que la incertidumbre forma parte del día a día de cualquier ser humano y es por tanto ineludible.
