¿Cuál es tu elección?
Desde nuestra infancia se nos ha enseñado que cuando deseamos algo tenemos que ir a por ello, sin dudar y con perseverancia.
Cuando queremos conseguir algo tenemos que hacer lo posible y lo imposible por conseguirlo. Quién no ha escuchado estas palabras de su padre, de su madre, de su maestro o de cualquier otra persona que quería ayudarnos a alcanzar un determinado objetivo.
En apariencia, el mensaje no contiene nada negativo en sí mismo. Al fin y al cabo, su contenido trata de estimularnos para que demos lo mejor de nosotros mismos a fin de alcanzar aquello que realmente deseamos, bien sea un objetivo o meta concreto, o bien sea la consecución de nuestros sueños.
Por tanto, hacer lo posible y lo imposible, tendría que ver con dar lo mejor de nosotros mismos, perseverando en la dirección que hemos decidido seguir, andando el camino para obtener aquello que noblemente deseamos.
Desgraciadamente la realidad es otra. En nuestra sociedad, hacer lo imposible por conseguir un resultado resulta equivalente a la aseveración de Maquiavelo, que nos recuerda que "el fin justifica los medios", la cual ha encontrado gran acomodo en nuestros días.
Efectivamente, para muchos lo único importante es conseguir el resultado, a toda costa y sin importar los medios.
Pero incluso aquellos otros que no están dispuestos a atentar contra sí mismos para conseguir sus resultados, no pueden escapar en muchos casos de la enorme focalización que vive el mundo de hoy respecto del resultado, lo que comporta su obsesión por conseguirlo con prisa.
En una sociedad que tiende a valorar tan solo el resultado, hay muy pocas personas que son capaces de disfrutar del camino para lograrlo.
Hemos olvidado que hay que andar el camino paso a paso para llegar al destino, preocupados como estamos de mirar tan solo hacia los lados y preparar los codos por si alguien nos adelanta en la carrera.
De hecho, estamos tan obsesionados por ganar que tan solo corremos sin saber siquiera cuál es la razón de nuestra prisa. A veces incluso, ni siquiera sabemos hacia dónde corremos en realidad.
Es tal la obsesión por obtener el resultado final que el mismo miedo a no conseguirlo nos aleja de ello.
Entonces, ¿por qué correr si ni siquiera sé adónde me dirijo? ¿para qué utilizar unos medios que atentan contra lo más esencial de mi mismo?
En realidad, la alegría de obtener un determinado resultado termina en cuanto éste se ha conseguido mientras que es en la fidelidad a nosotros mismos dónde descansa la felicidad que un resultado no puede conseguir.
Sabemos que la felicidad no se puede alcanzar con prisas y mucho menos dándonos la espalda a nosotros mismos, pero no hacemos otra cosa que correr como si quisiéramos huir, quizá porque pocas veces nos sentimos orgullosos de nuestros actos.
Tal es la prisa, que intentamos llegar al destino sin andar el camino, cogiendo atajos para llegar allí antes que nadie.
Pero olvidamos que el verdadero aprendizaje, lejos de encontrarse en los atajos, vive únicamente en el camino.
Tan solo el camino puede concedernos aquellas dosis de sabiduría que nos regala la experiencia vivida, cuando nos atrevemos a caminarlo paso a paso, aceptando que tanto los días de sol como los de lluvia son igualmente necesarios para que lleguemos a nuestro destino enriquecidos por todo aquello que nos habrá regalado el camino.
En mi opinión, atajo y camino son incompatibles.
Mientras seamos atajo, jamás seremos camino.
Entonces, ¿cuál es tu elección?
¿Te pareció interesante este mensaje?
