Detenerse para avanzar
Dime: ¿cuántas escenas de tu vida crees que podrías recordar? ¿Cientos? ¿Miles? ¿Tal vez una sola con claridad?
¿Crees que podrías acordarte de la primera? ¿Crees que podrías recordar tu nacimiento?
Si así fuera y pudieras saber de dónde vienes, ¿crees que podrías saber adónde vas?
En apariencia, saber adónde vas simplificaría las cosas. Te permitiría trazar una línea recta desde dónde estás hasta el lugar al que quieres ir pero entonces, ¿qué pasaría con las curvas? ¿Cómo sería tu vida sin ellas?
Una vida lineal, trazada en línea recta de principio a fin no parecería lo más adecuado. En una recta sin fin, uno se relaja, descubre que no necesita estar muy atento al camino y por eso viaja sin tener conciencia de su viaje. Todos los lugares que atraviesa forman parte de una sola recta a la que deja de prestar atención porque sabe que le lleva sin desvíos ni aparentes dificultades al lugar deseado al que podría llegar hasta dormido, olvidando que dormido no se llega a ninguna parte.
Para llegar a alguna parte es bueno saber adónde se va pero sobre todo hay que tener conciencia del camino porque cada paso que damos abre la puerta del siguiente y en cada paso vive la semilla de lo que nos sucederá mañana.
Eso significa que somos los arquitectos de nuestra propia vida puesto que la diseñamos paso a paso, momento a momento, minuto a minuto y ese es un privilegio que, lejos de disfrutarlo, acaba pesándonos.
Tener que conducir nuestra propia vida muchas veces nos agobia pero lo que nos pesa es tener que decidir adónde la llevamos, por dónde pasamos, en qué lugares nos detenemos, a qué lugares acudimos y cuáles otros no vamos a visitar. Cuántas veces hemos deseado que alguien nos llevara, que decidiera por nosotros, para no arriesgar, para no equivocarnos, para no sentirnos responsables de lo que sucede en nuestras vidas, representando así el papel del actor que se dedica a interpretar el guión diseñado por otro.
Pero, ¿quién podría diseñar nuestra propia vida mejor que nosotros mismos?
Con excepción de Dios (ampliando este término más allá del Dios católico y refiriéndose por tanto al Dios de las distintas religiones del mundo), está claro que, además de Él, nadie mejor que cada uno de nosotros para diseñar nuestra propia vida.
Con ese fin, a cada uno de nosotros se nos ha otorgado el don más preciado, que es el libre albedrío, la capacidad de elegir, la cual se mantiene a lo largo de toda nuestra vida, la usemos o no.
Si se nos ha concedido este don sagrado es para que lo utilicemos en nuestras vidas, dado que cada uno de nosotros somos la persona más apropiada para decidir acerca de nuestra propia vida y, aunque estamos naturalmente capacitados para utilizarla en armonía con las leyes del Universo, muchas veces vivimos escondidos porque tenemos miedo a dirigirla y a vivirla.
Seguramente por esta razón buscamos la comodidad de la línea recta porque nos lleva sin tener que pensar ni decidir y así, sin alternativas ni cruces de caminos, seguimos por inercia sin darnos cuenta de que esa recta ya ni siquiera es nuestra puesto que no la estamos construyendo paso a paso.
Es una recta construida por otros que ya está ahí para que la sigamos sin cuestionarnos nada en el trayecto, porque es una recta perfecta o al menos eso es lo que nos dicen los expertos que la construyeron.
Es una recta perfecta, es cómoda y sin baches, y seguramente por eso tiene tanto tráfico. Nos proporciona una gran seguridad, al fin y al cabo si todos van por esta recta debe ser sin duda el mejor camino.
Y la pregunta es: ¿qué te pasa a ti? ¿Qué haces en una carretera que no es tuya?
Sabrás que es tuya cuando además de tener tu propia recta, ésta se halle embellecida por tus propias curvas y tus baches, puesto que las dificultades están ahí para ayudarte a avanzar.
Es precisamente, por que te permiten detenerte por lo que las dificultades te permiten avanzar.
Y por eso te pregunto: ¿cómo es tu propia recta? ¿cómo sería tu vida sin curvas ni baches?
Las curvas y los baches disminuyen nuestra velocidad, invitándonos en algunas ocasiones a detenernos.
Y está claro que a veces hay que detenerse para avanzar por el camino adecuado.
Cuando encuentras tu propio camino, el tráfico desaparece.
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